Casi todo lo que vas a leer ocurrió. No siempre así, no siempre ahí, no con esos nombres ni en estas fechas. Pero ocurrió.
A lo largo del libro hay rastros y código. Cada vez que la acción cambia de sitio, un breve encabezado anuncia el lugar con ocho caracteres al lado. Y cada vez que sale a la luz un papel —o un nombre que alguien quiso enterrar—, esos mismos ocho caracteres asoman dentro de la frase: una signatura, una matrícula, una referencia.
Cada código son ocho caracteres y abre una puerta. Introduce el código en la terminal de ghostzerosaga.com y tendrás delante el documento: el plano de un blanqueo, una fotografía tachada, el expediente que el mundo dio por perdido.
Conviene saber una cosa: casi nada de lo que verás se escribió para que tú lo vieras. Son documentos rescatados. Algunos tienen más de treinta años y vienen de archivos que ya no existen; otros son copias de cosas que jamás debieron salir de donde estaban. Por eso llegan tachados, incompletos, con el membrete arrancado. Léelos como lo que son: lo que quedó.
No necesitas ninguno para entender la novela. Pero quien los busque terminará sabiendo más que los propios personajes. Y no todos están señalados: hay nombres y fechas escondidos en estas páginas, a plena vista, que también abren puertas. Esos son los que de verdad importan.
Lo demás no está en estas páginas. Hay que ir a buscarlo. Empieza.